





Una de las artistas más representativas del panorama artístico internacional, Mona Hatoum, encarna en su biografía las constantes que marcan la traumática experiencia del exilio: el desplazamiento y la destrucción de la idea tradicional que tenemos del “hogar”. Aunque palestina, nace en Beirut, ciudad a la que tuvieron que emigrar sus padres en 1948 abandonando Haifa y a la que, posteriormente, ella misma no puede regresar cuando, de viaje en Londres, estalla en 1975 la guerra civil libanesa. Tras unos primeros años en la Byam Shaw School of Art, pasa a la Slade School of Art, también en Londres, donde estudia con Stuart Brisley, una de sus primeras influencias, a comienzos de los años 80, cuando empieza a realizar performances y vídeo.
Tras un primer tiempo de experimentación formal en el que establece la que sería una relación duradera con el Minimalismo, su paso por la Slade la politiza llevándola a un terreno más conceptual en el que primaría su preocupación por el funcionamiento de las estructuras de poder. Es en este contexto en el que lleva a cabo la mayoría de sus performances cargadas a menudo de un denso contenido político. En un segundo momento, pero también dentro de esta primera etapa en la que su trabajo aparece marcado por acciones temporales, tiene lugar la elaboración de vídeos, entre los que nos encontramos con obras tan significativas como Measures of Distance (1988), que trata temas como la representación de estereotipos femeninos o las relaciones materno-filiales, dentro, eso sí, de un encuadre marcado por el sentimiento de pérdida y desorientación que trae consigo el exilio y la comunicación en el desplazamiento.
Su trabajo en los años 90 ha evolucionado hacia obras menos narrativas que permiten, por tanto, un mayor nivel asociativo. A través de las esculturas y las instalaciones, Hatoum realiza obras que parecen hacer referencia al Minimalismo, aunque tan sólo desde un punto de vista puramente formal y de utilización de materiales. En ellas hay una continua negociación con el cuerpo del espectador, al que implica física y emocionalmente en un espacio del que paradójicamente el cuerpo humano permanece ausente y que él/ella con su presencia está llamado a sustituir. Sus instalaciones nos trasladan, a menudo, a un espacio de fantasía en el que, como sucede en Corps étranger (1994), nos enfrentamos al poder metafórico del cuerpo en general a través de conceptos como lo público y lo privado en la imagen del cuerpo femenino.
En los últimos años, la ambivalencia simbólica que otorga a los objetos cotidianos ha ido tomando cada vez más peso en sus instalaciones. Todo aquello que en teoría nos resultaba conocido y acogedor, se metamorfosea en algo remoto y, a menudo, espeluznante. El “hogar”, en las obras de Hatoum, ya no puede proporcionarnos esa sensación de sosiego y refugio con el que antes lo asociábamos. Las alteraciones introducidas por la artista rompen constantemente esas expectativas. Ya sólo nos queda un espacio inquietante en el que pensar una nueva definición de “hogar”.



Desde hace más de una década, Rirkrit Tiravanija produce happenings para que el público participe activamente en ellos. Son situaciones o ambientes que cuestionan los límites entre el artista y el espectador, el arte y las actividades cotidianas, dentro de la llamada “estética relacional”. Sirvió comida como arte en su primera exposición individual en 1990, ofreciendo al público una degustación de Pad Thai, un plato típico de Tailandia, el país de su familia. Trasladó el mismo concepto a sus exposiciones posteriores, en las que ha creado diferentes instalaciones que se transforman diariamente con los platos y utensilios usados. Pero no sólo comparte comida, también su propio hogar (que reconstruyó con contrachapado en un espacio expositivo y lo dejó abierto las veinticuatro horas del día para que la gente lo habitara) y sus viajes (que parten de su espíritu nómada). El arte de Tiravanija es gratuito. Sólo hace falta vivir la experiencia. De hecho, la esencia de sus obras reside en la colectividad, su interrelación, y en la casualidad. Hace arte sin hacer objetos, su fin es una denuncia contra la posesión y la acumulación.





Anish Kapoor, que formó parte de la llamada Nueva Escultura Británica, utiliza en sus grabados y al igual que en su obra escultórica, el color intenso aportado por pigmentos aplicados directamente. La utilización de este material se ha convertido en una seña de identidad dentro de la producción del artista. Después de su intensa formación en el Reino Unido, Kapoor realizó en 1979 un largo viaje a su país de origen. En esta visita recuperó el fuerte sentido ritual de la vida cotidiana en la India, la constante presencia de fastuosos lugares de culto y, como parte insoslayable de las celebraciones religiosas, los coloridos pigmentos que forman centelleantes pilas a la entrada de los templos. Kapoor conjuga en sus grabados estos elementos de origen orgánico con formas arquitectónicas, figuras geométricas básicas junto a otras más enigmáticas y no desprovistas de cierto misticismo. De esta mezcla resulta un mundo en clave propia que no rehuye una filosofía del arte de gran complejidad. Para Kapoor, el uso del color y los pigmentos en sus grabados implica la unión de lo intangible con lo sensual desde una perspectiva que analiza el resultado estético como parte de una cosmovisión personal:
“Lo que estoy haciendo parece encontrarse en la oscuridad, o acerca de la oscuridad. La visión platónica de la civilización moviéndose desde la oscuridad a la luz no parece ser mi aventura particular. Parezco estar moviéndome desde la luz hacia la oscuridad”