


La obra de Mariko Mori nos ofrece una suerte de imaginario postmoderno donde se desdibujan las fronteras entre lo natural y lo artificial, lo real y lo virtual, lo humano y lo tecnológico. Tanto esos personajes retrofuturistas en los que ella se transforma en sus obras iniciales, la colegiala vestida de colores brillantes de Birth of a start, o la sonreída geisha que sorprende a los transeúntes en el distrito financiero de Tokio con una taza de té en Ceremony of tea, la prostituta chic hablando por celular en Red light; o sus personificaciones espirituales asiáticas, más relacionadas a la búsqueda de un alma colectiva que parece haberse extraviado en el Japón del mundo global, tal como lo plantea Win Wenders en su película Tokio-Ga; o sus video esculturas espaciales y tecnológicas, nos ofrecen en su evolución y diversidad, en su apariencia de mundo de látex, de estética de video del MTV de artistas pop de los 80’s, una inquietante y seductora reflexión sobre nuestra época, tan dada a inventar nuevas formas de evasión y perversión, tan agobiante en su eterna proliferación de imágenes sin trasfondo, sus mundos virtuales interconectados de la superautopista de la información, a través de la cual miles o quizá millones de personas, en una hermandad secreta se relacionan evadiendo el caos y la soledad.
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